Adorni hace mea culpa para superar la crisis política


Ahorrista de dólares y bitcoins en negro sí, chorro no. Esa es la síntesis de la defensa que planteó el jefe de gabinete, Manuel Adorni, al ser entrevistado por el periodista José del Río en el canal La Nación+, luego de haber terminado su declaración jurada.
Lo que ahora resta por verse es si la admisión de su «error» -el no haber declarado ahorros por fuera del sistema financiero por un volumen de al menos u$s500.000- es tomado con indulgencia por la opinión pública o si se lo termina interpretando como un hecho delictivo.
Hubo una justificación, por parte de Adorni, que pareció apuntar a la empatía con los miles de «ahorristas del colchón» que mantienen dólares físicos sin declarar por un volumen estimado en torno a u$s200.000 millones. Para el jefe de gabinete, su error no fue haber acumulado dólares a lo largo de 25 años sin nunca haber declarado ese patrimonio por el cual debería haber pagado el impuesto a los bienes personales. Más bien al contrario, lo consideró la conducta natural de todo argentino que sabía que el fruto de su trabajo podía quedar expuesto a confiscaciones, bloqueos o canjes compulsivos.
No por casualidad, hizo mención a que sus inversiones en bitcoins empezaron en 2013: era el segundo mandato de Cristina Kirchner, ya con cepo y con intenciones de que los ciudadanos cambiaran sus divisas por una cuasi moneda llamada Cedin.
Pero sí admitió que debería haber transparentado su verdadera situación patrimonial al asumir la función pública, cosa que, según declaró, ocurrió por el estrés de los días iniciales de la gestión y no por un intento deliberado de ocultar su situación real.
El jefe de gabinete, que para ese entonces ya había acumulado u$s200.000, apostó con éxito en el mundo cripto, donde ganó u$s300.000. En su defensa, alegó que la tecnología blockchain que se utiliza para las criptomonedas deja un registro imborrable de todas las transacciones y que impide cualquier tipo de fraude,
Esa es, de hecho, su coartada para explicar que el dinero con el que compró sus propiedades salió, efectivamente, de ahorros previos a su llegada a la función política en diciembre de 2023 y que no fue obtenido de manera ilegal por el manejo de dineros públicos.
La segunda parte de su «mea culpa» consistió en la admisión de que, por no haber declarado en su momento los ahorros en negro, deberá pagar impuestos con retroactividad, incluyendo multas e intereses.
Una estrategia arriesgada la de Manuel Adorni
La gran pregunta es si, como cree el jefe de Gabinete, alcanzará con esta autocrítica y con la presentación de la nueva declaración jurada para que la crisis política deje de seguir escalando. O si, por el contrario, la oposición y los medios seguirán escarbando en las cuentas del funcionario hasta el punto de su situación contagie el descrédito al resto del gobierno.
Lo cierto es que el funcionario se tomó meses para revisar sus números y hacer rectificatorias de declaraciones anteriores, mientras desde la propia interna del gobierno había una presión para que adelantara su declaración, de manera de no seguir estirando el debate político.
De hecho, fue el caso Adorni el que terminó por dejar en claro que hay una fisura interna por la forma de abordar las acusaciones contra los funcionarios. El reclamo de la senadora Patricia Bullrich, del que ya pasó más de un mes, puso en blanco sobre negro lo que muchos pensaban en el oficialismo: que en política el que calla, otorga. Y que cuanto más tiempo estuviese Adorni en el centro de la agenda pública, más daño sufriría el presidente Javier Milei.
Como quedó claro tras la entrevista, el propio Adorni también pensaba de esa forma, al punto de que contó que le había propuesto a Milei dar un paso al costado. Según su relato, el presidente se negó a aceptar la renuncia, porque eso habría sido interpretado como una admisión de culpa por parte de alguien honesto.
Por qué Milei apoyó a Manuel Adorni
Milei se mostró firme desde el principio en el apoyo a Adorni, en una situación que le valió un costo político personal, pero que también tenía visos de defensa propia. La tesis de quienes planteaban que había que defender a Adorni era que todo el «affaire» no era, en el fondo, más que otro capítulo de la conspiración para desestabilizar al presidente.
Desde el punto de vista de Milei, las acusaciones contra su jefe de gabinete tenían el mismo sentido político que los proyectos de ley que presentaba el kirchnerismo durante 2025 para expandir el gasto público sin especificar la fuente de financiación: generar una sensación de desgobierno.
Pero claro que había más razones, que Milei no decía en público, pero que los analistas daban por obvias: también el presidente está en la mira de investigaciones por corrupción, sobre todo por el caso de la estafa con la criptomoneda Libra. Y la caída política de Adorni podía fungir como un acelerador de esas denuncias.
Algunos politólogos, como Andrés Malamud, arriesgaban que Adorni cumplía una función de «pararrayos», y concentra las críticas en un momento en que la agenda económica muestra problemas. Pero también mencionó un tema de la interna: desprenderse de Adorni significaría una merma en el poder de Karina Milei frente al sector liderado por Santiago Caputo.
¿Valió la pena el costo político de sostener a Adorni?
Del otro lado de la balanza, el caso Adorni le ha valido costos a Milei. Para empezar, por la pérdida de credibilidad de su discurso sobre la moralidad como un pilar de su gestión de gobierno. Ahora ya no le resulta tan fácil al presidente establecer la antinomia entre «los argentinos de bien» y los cómplices de la «casta corrupta». Y es algo que hasta las encuestas de opinión pública han dejado en claro: con el escándalo de Adorni, el tema «corrupción» trepó en el ranking de los problemas más mencionados por los argentinos.
Tanto es así, que hasta el PRO de Mauricio Macri tomó distancia, con un duro comunicado, que decía textualmente: «El cambio tiene dos enemigos: el populismo de siempre, que promete mucho y destruye todo. Y los que frenan el cambio desde adentro, con soberbia, con arrogancia o pidiendo sacrificios que no están dispuestos a hacer». El enojo del votante PRO fue analizado por los politólogos, que ven al caso Adorni como un punto de ruptura, en el que ya el discurso de Milei sobre la moralidad en la gestión pública dejó de ser creíble.
«La visión era ‘estos tipos son distintos, no tienen los vicios del sitema anterior’. Pero lo de Adorni rompe eso, porque no hay nada más casta que subirte a un avión e irte a Punta del Este», analizó Alejandro Catterberg, director de la consultora Poliarquía. Más aun, dijo que, a esta altura, ya dejó de ser relevante la diferencia de montos de la corrupción entre el negociado por las SIRA -los permisos de importación que se otorgaban discrecionalmente bajo la gestión de Massa- que casos menores, como puede ser la compra de un departamento con dólares del colchón.
En los próximos días quedará en claro si la estrategia del gobierno surtió efecto. Por lo pronto, el jefe de gabinete prometió retomar sus polémicas ruedas de prensa en la Casa Rosada. No es una decisión menor, si se tiene en cuenta que, desde que estalló el escándalo, a Adorni le resultó imposible anunciar cualquier tema de la agenda económica del gobierno sin que las conferencias de prensa derivaran en un debate sobre la declaración patrimonial.
A partir de ahora, por lo que dejó entrever el jefe de gabinete, ya se siente más blindado ante el «juicio mediático» que ya lo condenó.


